sábado, abril 24, 2004

En una tarde cualquiera

"Creo que si Dios bajara a la tierra se quedaría aquí, sobre todo si viera las sonorenses de Puerto Peñasco", balbuceó el alcalde de Magdalena en una tarde antes de que mataran a Colosio en la ciudad de Tijuana, en 1994. Era la música el cielo, el llanto de un cactus en el corazón.
Su esposa permaneció callada y hasta después de (supongo) treinta minutos en la carretera Nogales-Magdalena, contestó. Ya estaban en Imuris:
"Así como tu hablas pendejadas yo diré otra: si Dios bajara a la tierra y pasara por este poblado donde sólo venden quesadillas, se quedaría aquí, daría vueltas en la plaza, en ese entronque donde se puede escoger varios caminos, entre ellos para ir Ciudad Juárez, por donde fuimos hace cerca de ocho años cuando nuestro amigo Baeza le vio la cara de pendejo a Francisco Barrio, en aquel verano ardiente, lujoso, espectacular".
No hubo risotadas, sólo temblores de rabia en los labios.
El alcalde Equis Imbacelus se detuvo en uno de los famosos puestos donde hacen la tortilla de harina en medio de la contaminación que dejan los autobuses Norte de Sonora, y sin mediar una palabra, estiró la mano hasta la puerta del copiloto donde estaba su esposa, la abrió, y la arrojó al asfalto caliente de una certera patada (ante la mirada atónita de los presentes) casi al mismo tiempo en que las lagartijas habían aprovechado para ganar la carrera a los dinosaurios de México, lo que provocaría que los del la ultratumba se enmascaran para independizar la selva de los pescados, colonizada por los tiburones.
Imbacelus aceleró su automóvil, un Mercedes Benz 1994 y sin hacer el alto correspondiente, intentó ganarle la carrera a un tráiler. No tuvo suerte.

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