martes, abril 06, 2004

El elefante y el perro


Por Antonio Flores Schroeder
El elefante seguía acostado en el jardín de la abuela en Delicias, Chihuahua. Era la primer ocasión que veía a un paquidermo y no pude mas que sentarme a contemplarlo cerca de la manguera que regaba los surcos que conducían agua a las flores.
Un perro boxer, lo recuerdo, no dejaba de mirarle desde el otro lado de la acera. No ladraba, sólo se mantenía en guardia mientras giraba su cabeza hacia donde estaba yo. A mis seis años me parecía curiosa la escena y pude sentir algo extraño después de verle los ojos al canino de color café.
Estoy seguro que tenía lista una estrategia de defensa. Brincar la barda como eco que viaja entre las montañas y atravezar la calle empedrada en menos de un parpadeo, luego volar la cerca para salvarme de un repentino ataque del gigantesco animal.
La escena era fantástica. Las nubes que venían del horizonte con su red de relámpagos mezclaban un rojo sobre el óleo del cielo deliciense. En ese momento no recuerdo haber oído el ruido de un carro, ni siquiera voces, ladridos, cantos de pájaros.
Después la lluvia deciso la imagen del elefante. La diluyó mientras el 'chato' y yo vimos cómo se iba una pintura café por las corrientes de agua de ese jardín.
Minutos después el perro, no sé de que manera, entró al patio de la abuela y se puso a olfatear el césped.
Todo lo dijo con sus ojos: increíble.

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