miércoles, abril 21, 2004

Aquel sonido

Por Antonio Flores Schroeder
Ya me tenía hasta la chingada esa mujer que aparecía colgada de una soga, justo detrás de mi, a través del espejo del baño cada vez que me lavaba los dientes o adelgazaba mi barba gris con un rastrillo viejo y sin filo.
La primer vez fue cuando renté el departamento. La arrendadora, una mujer de unos cuarenta y cinco atardeceres y tres noches, con un cuerpo que cualquier bailarina con las que solía acostarme enviadiaría, me enseñó cada rincón de las habitaciones: el baño, la recámara, la cocina.
Horas después de su partida de lo que sería mi nuevo aposento, fui al baño para acomodar algunas cosas en el espacio que hay detrás del espejo, al cerrarlo, vi una imagen aterradora detrás de mi, tan solo por unos instantes. No le hice mucho caso y preferí pensar que se trataba del estrés y el cansancio que suele provocar cambiarse uno de casa.
La imagen era la siguiente, la puedo ver como en una fotografía. Una mujer blanca, de cabello medio rizado color castaño, con sus párpados pintados de un color claro y pestañas grandes, muy grandes.
Sus ojos, en los que se podía apreciar aunque de forma rápida, un dolor que le carcomía el cuello, se encontraban casi en blanco.
Un vestido que le cubría el cuello, color azul, con leves destellos de ausencia y algunas flores de color amarillo. Colgaba de una soga y parecía que acababa de haber abandonado el mundo de las ideas, la sangre apenas concluía la marcha de la sangre por la plaza de su cuerpo.
Durante los dos meses que siguieron no la volví a ver hasta que una mañana que me alistaba para ir a la Universidad, volví a observarla. Esa ocasión fue diferente. Pude oír la cuerda o la soga rechinar del techo.
Me aterró la idea de que estuviera padeciendo de mis facultades mentales, fui con el psiquiatra y me dijo que todo era producto del ritmo de vida que llevaba.
Después la visualicé más seguido, en la mañana, tarde, noche, madrugada y cada vez que iba al baño.
El problema que era por una fracción de segundo. Nunca pude preguntarle nada, ya que apenas giraba mi cabeza hacia donde ella se columpiaba como una estrella, desaparecía, además de -de haber sido uno de ellos- los muertos no responderían a un hombre tan sucio como yo.
Y así como llegué a ese departamento tuve que irme cuando partí a Denver. Desde esa ocasión, para no olvidarme de ella he decidido colgar un maniquí en el baño, aunque la verdad, no he podido encontrar una grabación que suene igual a aquella soga que rozaba el techo. Era escalofriente.

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