miércoles, marzo 24, 2004

“Hay quienes quieren
que me ya me calle”

A 23 de marzo de 2004
(Diez años del Magnicidio)

Antonio Flores Schroeder
Magdalena de Kino.-La música de un cuarteto hermosillense enmarcó la tristeza en Magdalena justo minutos antes de que llegara la familia Colosio a la misa que se celebraría en el panteón municipal para recordar el décimo aniversario luctuoso de candidato presidencial.
Lentes oscuros, trajes solemnes, señoras que conocieron al priísta desde que éste no rebasaba los diez años, abarrotaban las afueras del Mausoleo donde se encuentran los cuerpos de Diana Laura Riojas y Luis Donaldo Colosio.
Eran las 17:00 horas, después de que se le recordara en diferentes ciudades como Nogales y la ciudad de México, cuando Luis Donaldo Colosio Riojas, vestido con un traje negro que disimulaba su pesar, se paró frente a más de cuatrocientas personas dispuestas a escuchar no sólo la Palabra de Dios, sino el discurso del senador don Luis Colosio:
“Vamos a iniciar con la colocación de ofrendas y una guardia de honor hasta el Mausoleo, posteriormente, mi abuelo, Luis Colosio Fernández ofrecerá un mensaje y una señal de agradecimiento y un reclamo de justicia, finalmente con mucho respeto los invitamos a escuchar la misa en recuerdo de mis queridos padres”.
La voz de quen tenía diez años cuando asesinaron a su padre, se notaba que por momentos se quebraba.
Luego de la guardia de honor en que más de cincuenta periodistas provenientes de diferentes partes del País, se encargaron de fotografiar veinte o treinta veces la misma imagen, se acercaba uno de los momentos más emotivos de ese día.
Una bella mujer acariciaba el violín y de el notas en do menor salían para nublar el cielo, para traer un poco de fresco a un día caluroso.
Bajo una carpa diferentes personalidades: el senador Enrique Jackson, parientes cercanos y lejanos a los Colosio, amigos, el Gobernador, los alcaldes de Nogales, Magdalena y Santa Ana, entre otras personalidades, esperaban que surguiera la voz de don Luis, quien subió con un bastón y se colocó frente al micrófono.
Había llegado la hora.
“Nosotros y el tiempo contra quien sea; se dijeron los asesinos y el olvido; y se sentaron a contemplar su obra”, las primeras palabras como un dardo en la imagen de un expresidente de México que la mayoría de los sonorenses, como el resto de los mexicanos, aborrecen: Carlos Salinas de Gortari.
Y continuó:
“A diez años de distancia, la respuesta del pueblo de México es contundente; de pie y con la frente en alto, reafirma su compromiso de preservar los ideales de Luis Donaldo Colosio. La sangre derramada por mi hijo fertiliza el árbol de la unidad y la esperanza por un México de libertades, por un México de progreso, por un México de paz y justicia. Por eso, mis amigas y amigos, muchas gracias por estar aquí; por eso agradezco con el corazón y a nombre de toda mi familia, su presencia”.
Las frases llegaban ondo a Luis Donaldo y Mariana, que estaban a sólo cinco metros de su abuelo. El primero se hacía el fuerte y se mantenía erguido, su hermana, parecía no entender lo que realmente ocurría.
“Muchas gracias porque en estos diez años, su presencia en este lugar en que descansan mis hijos Diana Laura y Luis Donaldo, había sido un bálsamo para nuestro dolor y ha hecho soportable la indignación, la frustración y el coraje. Muchas gracias a todos aquellos mexicanos, que en cualquier lugar del País, recuerdan con cariño a mis hijos”.
Luego el silencio y una brisia de Norte a Sur. Las voces entredientes de los centenares de mexicanos reunidos ahí.
“Una década ya, de dolor y ausencia para mi familia, diez años de condolencia social por el asesinato de mi hijo; una década ya, desde que muchos mexicanos sintieron perder a un miembro de su propia familia. Diez años hace, que muchas mujeres y hombres bien nacidos, morimos un poco”.
Entonces sí, las palabras de quien fuera padre de uno de los políticos más queridos en el País, no sólo de los priístas, sino panistas, perredistas, de todos, dolieron, los rostros se opacaron:
“Pero también; diez años para evidenciar que los hombres que vivieron entregados a causas legítimas y generosas, nunca mueren; una década en que la sociedad mexicana le ha dedicado pedazos de existencia individual; diez años en que su pueblo ha sabido cumplirse honrando su memoria; una década en que su familia, sus amigos y muchos mexicanos, no escatimamos en nuestro reclamo de justicia”.
Enrique Jackson se veía cansado; el gobernador Eduardo Bours seguía atento, atrás de ellos, varios amigos de Colosio derramaban coraje, mientras Don Luis exhalaba un poco de aire.
“A diez años de distancia, debemos reconocer que un elemento de la apuesta de los asesinos y el olvido, les ha dado resultados. Mucha gente, de todas las edades y en muchos lugares del País, piensa que ya debemos callar, que ya dejemos las cosas en paz, que es imposible saber la verdad, que es un caso más de injusticia”.
Don Luis se agotaba más. Era notorio su enojo, su tristeza y decidió seguir:
“Para algunos mi reclamo de justicia parece grotesco, hay quienes podrán pensar que soy un viejo necio en busca de lo imposible, que ya no tiene sentido señalar negligencias y omisiones; rechazar remedos de investigación, pantomimas y teorías ridículas; condenar intereses mezquinos, traiciones y deslealtades”.
Luego recordó a su hijo y miró hacia el cielo, como si Luis Donaldo lo estuviara viendo:
“Le preocupaba la enorme brecha que desde entonces, se abría entre ricos y pobres; por eso su insistencia en el desarrollo social, en la generación de empleos; ‘Sin desarrollo Social, sin una vida digna para los que menos tienen, no hay democracia que se consolide, no hay prosperidad económica que se justifique. Por eso su pasión por el desarrollo regional y un nuevo federalismo; una política federalista que dotara a las regiones de mayores recursos; que permitiera a los Estados mexicanos tener capacidad para responder a tiempo, con soluciones de fondo en donde se generan las demandas”.
Después habló sobre las causas que posiblemente le llevaron a morir en Tijuana:
“Por eso quería reformar el poder; quería llevar el Gobierno a las comunidades, quería nuevos métodos de administración para que cada ciudadano, obtuviera respuestas eficientes y oportunas cuando requiere servicios, cuando plantea problemas o cuando sueña con horizontes más cercanos a las manos de sus hijos. Donaldo pensaba que ser funcionario público, era una oportunidad para servir a la gente; creía en la calidad, en la mejora continua, en la honradez, repudiaba el abuso de las autoridades y la arrogancia de las oficinas gubernamentales”.
Algunos aplaudiern, pero don Luis todavía no terminaba:
“A Donaldo no le podemos revivir, pero si le podemos hacer justicia; ese es el medio que tenemos para evitar que actos como éste se repitan, pues en la medida que impere la impunidad, se alientan las conductas que nos lastiman como nación”.
Y finalizó antes de que la música de violines despejara el cielo:
“A Diez años de distancia, Donaldo espera justicia; es tiempo ya de respuestas, es tiempo ya de cerrar esta herida de la patria, es tiempo ya, de cumplirse a Luis Donaldo Colosio".

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