viernes, marzo 26, 2004

El viaje a Juárez (parte I)
Por Antonio Flores Schroeder
El pasado fin de semana fue trágico. Después de casi dos meses sin ir a la ciudad del burrito y la violencia, le compré llantas nuevas a mi carro, frenos nuevos, todo esto después de que entrara a una cirugía en el tercer mundo donde le practicaron 'legrado de afinación total'
Todo estaba bien. El jetta parecía volar.
La historia comenzó el viernes por la noche. Una amiga que también vino a trabajar desde Ciudad Juárez a Nogales, enfiló a un lado mio carretera por el lado del país de las hamburguesas y las grandes mentiras.
Llegamos A Tucson, Arizona.
Ahí nos perdimos. En lugar de ir hacia El Paso, el volante giró hacia Phoenix, lo que nunca.
Después de manejar 20 minutos con ese rumbo me percaté de mi error y dimos marcha atrás.
El carro empezó a fallar del 'clotch'. Me lo dejaron mal los putos mecánicos.
La tragedia a 10 millas de Beson, Arizona, un pueblo estadounidense, de esos de película.
Manejé a no más de 20 millas por hora y llegamos a una gasolinera. Donde como en los filmes del Viejo Oeste, las familias en huelga de espinas se paseaban con el viento de un lugar a otro.
Era la una de la madrugada.
Ni modo. Había que esperar una grua, hasta el amanecer. El pueblo desierto no tenía nada de cierto. Quizá era un cuento, una leyenda puesta en la carretera.
Cuando nos estábamos quedando dormidos en el carro pasaron dos Apaches montados en sendos caballos. Uno brincó a lo largo del cofre, situación que casi me provocó un infarto.
Luego la modernidad. Dos drogadictos entraron a la gasolinera con ojos de tomates asesinos y llevaron cerveza. Se acercaron al carro. Lo empezaron a rayar con spray de pintura. Y emprendieron la carrera.
Después pasaron los días como una pesadilla. Era lunes y seguíamos ahí. La gente nos llevaba comida y habían hablado con nosotros para que nos bañáramos en una casa distinta del pueblo cada día.
Los turistas que pasaban por el lugar plasmaban sus firmas en el cofre, en las puertas. Nos habíamos convertido en una especie de personajes de esa extraña población. Sentía taquicardia.
Desperté.
Guadalupe no estaba. Cabrona.
Me trajo un café.
Era sábado y no lunes, afortunadamente.
La pesadilla había causado cierto malestar en mi estómago. La idea de que una grua cobrara por cada milla de arrastre me parecía aterradora. Y yo con 150 dólares en la bolsa. Tenía que buscar una situación rápida... (Continuará)

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