miércoles, marzo 17, 2004

El árbol y la editora

Por Antonio Flores Schroeder
Cuantas veces dije que no iba a estar en el jardín de la vecina. Aún recuerdo viéndome a través de los ojos de su editora modificándole el noventa por ciento de sus palabras escritas en el árbol central.
Tras la tarde de lluvia Oriana salía con el paraguas amarrado a su espalda con un látigo viejo que utilizaba también para colgar su ropa por las mañanas, por los sábados.
Yo la observaba con curiosidad al principio. Después dejé de hacerlo de esa manera para pasar a ser un acto que me parecía normal, por usar una palabra parecida a la locura, que me aquejaba, que me hacía vivir.
Una vez, ella salió por la puerta trasera del jardín y con mucho cuidado sacó de entre su ropaje color amarillo con rojo, una navaja donde los rayos del sol no rebotaban más la ausencia de la familia.
Inició la travesía de escribir el primer libro en un árbol. Primero se dio a la tarea de marcar las páginas así como el número de cada una de ellas para no irse a confundir y estropiar la historia, por aquello de los malos entendidos entre escritores y lectores.
Todo comenzó y terminó bien. Tardó dos años. Oriana mandó a construir una sombra de concreto. Después puso una banca, luego una pintura de Remedios Varo.
El problema vino después. Al terminar habló con una editora.
Ésta, al darse cuenta que tenía que hacer cambios transcribió la historia en una hoja de papel. Y empezó.
Oriana se fue de vacaciones mientras la editora realizaba sus labores profesionales. Uno y dos cambios por hora. Tres y cinco minutos más tarde hasta que se dio cuenta que tenía que invertir líneas de algunosa párrafos.
Lijó la historia del árbol inicial y bajo su dirección, una alumna suya transcribió lo escrito en las hojas. Todo salió mal.
Le habían cambiado el contexto original con su trabajo de edición.
Pobre de Oriana.
Al llegar de vacaciones se dispuso a leer el trabajo realizado por la mujer. Desde ese día Oriana no escribe, se lamenta, recuerda.
Ahora que estoy en el jardín, nuestro jardín, escribo su historia sobre el mismo tronco. He jurado que no hablaré con la editora de la esquina. Antes era boxeadora. No sé quién le dijo que era editora.
Desgraciada.



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