martes, marzo 16, 2004

El asesino espía

Por Antonio Flores Schroeder
Esta madrugada no pude dormir. A pesar de mi cansancio la noche siguió su carrera hasta alcanzar la meta de verme (muy temprano) en la cárcel.
La historia comenzó a eso de las tres de la mañana. La ardilla de dos cabezas comenzó a raspar la parte media de la puerta principal con sus afilados dientes. No se cansó hasta que el ruido me era ya familiar, monótono, arrullante.
Una hora después cuando estaba a punto de esconder mi cabeza bajo el conchón de la conciencia, comenzaron a golpear la ventana de la cocina.
Uno, dos, tres golpes y luego silencio. La acción se repitía una y otra vez. Era la muerte o mi espíritu a punto de marcharse; los recuerdos de la travesía para salir a la luz al nacer.
-Hijo de puta quién sabe qué quiere, pero no le voy abrir. Pendejo-, dije en voz baja y con las manos colocadas como si estuviera rezando.
Para mi desfortuna los golpeteos seguían y yo bajo las sábanas del miedo, pensaba en cómo escapar: tal vez hacer un hoyo en la pared o en el suelo.
(Me delatarían por el ruido) imaginé.
-No puede ser, está cayendo un pinche tormentón y ese vato sigue ahí... qué loco-, mi voz apenas salía por entre los espacios de mis dientes apretados por el temor.
Cada vez era más fuertes. Daba la impresión que que estaban queriendo romper la ventana con un bastón.
Rápido fui al cajón de los calzones y saqué mi .38 súper. Nunca pensé los problemas en los que me podría meter.
Cuando los golpes empeoraban hice cinco disparos. El vidrio se rompió pero la cortina y el 'loco' seguían ahí.
Me regresé al cuarto. Me escondí en le clóset y volví a pensar muchas cosas.
Una de ellas que tenía que hablar por telefóno para avisar a la Policía, un pariente, alguna prostituta conocida.
(Pendejo, dejé el telefóno en la cocina. Tengo que hablar a la policía. Es un psicópata. Me va a matar. Tal vez es un narcotraficante que le di un jodazo en el periódico. Ya valió madre), las imágenes en la mente.
(No, pero puede ser un fantasma. Ya le di unos balazos y sigue de pie. Golpea la ventana) no dejaba de pensar en eso.
Seguí escondido en el clóset hasta las once de la mañana. La lluvia seguía y yo ya había convertido la estancia de tres metros por tres en una cama muy cómoda.
Los golpes en la ventana continuaban, pero ya habían bajado de intensidad.
-Ya se la peló. Se está cansando. Lo sabía-
Decidí correr con la pistola en la mano (así en calzones) y abrí la puerta de la cocina mientras gritaba:
-Ya te cargó la chingada-
Mi sorpresa no pudo ser mayúscula.
Quien tocó a la puerta durante las horas era la rama de un árbol. Para colmo, la policía tenía rodeado el departamento por las detonaciones que antes había perpetuado.
Me llevaron detenido. Tras las rejas. Pagué una multa y enfilé hacia mi cama. No pudo haber pasado nada peor. De verdad.

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