miércoles, enero 29, 2003

El pequeño exilio

Descanso tus manos
un momento la tarde
sobre el sexo la distancia
de un país que emigré.

martes, enero 28, 2003




Cuentario


Ciudad Juárez, entre
caprichos y errores

Antonio Flores Schroeder

Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos.-
Jorge Luis Borges


Ciudad Juárez, el llamado oasis del desierto, es una urbe tradicionalmente abandonada no sólo por la federación y el estado, sino por sus mismos alcaldes. Y esto no es una exageración. Dicen que nuestra frontera es una tierra de oportunidades en el sentido estricto de la palabra... y cómo no va a serlo, si en la antigua Paso del Norte se concentra la mayor parte de los electores de la entidad.
Ya hemos visto en muchas ocasiones cómo los gobiernos se aprovechan de esta condición. Un ejemplo fue la actitud que tuvo Patricio Martínez hacia esta ciudad mientras gobernaba el Concejo Municipal impuesto desde Palacio de Gobierno. Recordemos que el mandatario incrementó las partidas de una manera nada discrecional para obra pública, lo cual desde luego, no está mal, lo que sí resulta reprobable es que haya disminuido de manera alarmante después de que el PRI volviera a perder las elecciones extraordinarias.
A lo largo de los últimos años la ciudad ha sido rehén de sus gobernantes. Si nos remontamos en el tiempo podemos recordar el proselitismo hecho por la administración de Ramón Galindo con la obra pública meses antes de las elecciones de 1998. De Elizondo no podemos decir nada porque su mandato fue uno de los más grises gobiernos que se tenga memoria aquí. Ahora con el Güero Delgado (quien por cierto parece haber perdonado los abusos cometidos por Reyes Ferriz y compañía) la historia podría repetirse.
Hace unos días se dio a conocer el Plan Municipal de Desarrollo 2002-2004, en el cual se piensa implementar el “Programa Acción Comunitaria Organizada” que pretende atender a cincuenta colonias populares (tradúzcase a miles de votos) con un presupuesto de 20 millones de pesillos.
De acuerdo con los ‘objetivos’ de este plan está la rehabilitación urbana como lo es el ‘parchar’ los miles de cráteres que durante todo este tiempo han provocado problemas a los automovilistas, colocar nuevas nomenclaturas, limpieza en terrenos baldíos y parques, restaurar el alumbrado público, entre otras cosas. A simple vista las cosas parecen ser de buena fe, pero como dicen, hasta ver no creer. No vaya a pasar lo mismo que con el gobierno provisional.
Pero la suerte de la urbe no pende sólo de motivos electorales. También los errores o caprichos de los gobernantes juegan un papel importante en el desorden en el que se encuentra la ciudad del burrito y la violencia.
Un ejemplo es la decisión del Gobierno del Estado de no suscribir el Convenio de Coordinación con el Consejo Nacional de Seguridad Pública, lo cual sin duda traerá más problemas a esta aquejada tierra.
Fíjese usted lector, cómo son las cosas:
1.-La federación atesta un duro golpe al Estado al reducir la partida en el rubro de la seguridad pública (en el 2002 el gobierno federal entregó al gobierno de Martínez 260 millones. Ahora, en el 2003, se le ofreció al Gobierno del Estado sólo 85 millones).
2.-El desacuerdo entre el gobierno estatal y el federal afectará directamente varios programas que se tenían previstos para este año en la frontera. En pocas palabras el estado dice, si a mí me jodieron pues yo los jodo a ustedes. (Perdone usted las palabras pero es la verdad).
Entonces el problema se origina desde el centro. Eso hay que verlo muy claro para ver el motivo de rezago en prioridades como la lucha contra el narcotráfico, salud, seguridad pública y urbanización. Y esto sucede en todos los municipios del país. Pero el gobierno estatal no se puede poner sus moños y rechazar así porque si, 85 millones de pesos, y luego quitado de la pena le diga a los juarenses que como no tiene dinero ofrecerá sólo coordinación, ¡Bravo señores, así se gobierna!
Según lo publicado ayer en Norte, el secretario del Programa de Seguridad Pública del Estado expresó que “seguirán propiciando la coordinación que ya se está dando en Juárez, cada quien en el ámbito de su competencia, cada quien con sus recursos materiales y humanos. Unirnos para que nos reditúe más”. Según Etzel Maldonado la resistencia para firmar el convenio de coordinación con la federación “es para resaltar la incongruencia de que año con año se han reducido los fondos”. Estamos de acuerdo en que la disminución de la partida es totalmente reprobable, pero no se puede rechazar el dinero, hay que aceptarlo e insistir a la federación en que se amplíe la participación. Los chihuahuenses no votaron por Patricio para que anduviera de esquina en esquina haciendo berrinches...
Esperemos que de esto no provenga un agarrón (electoral) entre el Municipio y el Estado. La tesorería debería buscar el diálogo directamente con el Gobierno de la República, ya que es una costumbre que la federación opte hablar con los mandatarios estatales para usarlos como una especie de escudo y así evitar corresponsabilizarse de la problemática que viven los municipios del país.
Fox no puede dejar solos a los pueblos y ciudades para enfrentar fenómenos tan preocupantes como el crimen organizado, ya que ni toda la estructura federal ha podido combatirlo, menos una ciudad con tantas carencias como Juárez.

w La guerra

Bush parece no entender que el mundo no resistirá un conflicto de tales proporciones. Ni las protestas en todos los continentes que a diario muestran el repudio a sus necedades bélicas heredadas de su padre le han hecho recapacitar. Mucha gente inocente podría morir en caso de concretarse el ataque a Irak. No sólo en el país de Saddam sino en el resto del mundo, debido a las reacciones de los fundamentalistas.


El delirio

Antonio Flores Schroeder

Oriana aparecía los viernes por la noche cuando estaba a punto de cerrar el cortinero de la ventana que da hacia la 16 de septiembre, al comenzar la ciudad su metarmofosis entre luces intermitentes antes de disgregarse entre la arena y el barro de la noche.
Parecía venir desde algún lejano lugar después de oír su respiración acelerada subir por las escaleras del edificio hasta el quinto piso donde vivo.
Perdió la costumbre de caminar y comprar cerveza, arrancar las flores de cualquier patio frente a la banqueta donde solíamos escribir pequeños poemas o relatos increíbles, y leer el periódico “Le Monde” para impresionar a la gente y no entender más de dos palabras. Eran días en que carecíamos de preocupaciones: trabajar, levantarse temprano, cumplir, pagar (sexo o alcohol) a las (digamos) once de la noche.
Cuando cerraba el cortinero era porque mi paranoia se incrementaba con la obscuridad y entonces tocaban a la puerta. Yo guardaba la esperanza en mi cartera de que podía ser el billetero de la lotería que vendía ilusiones a una cuadra junto a los puestos de revistas en el Mercado Juárez, y que venía a avisarme de mi buena suerte y algo más.
-¿Quién?-Preguntaba desde la ventana y con el cortinero cerrado.
-No sé-Respondía Oriana.
Entonces yo caminaba hacia la puerta para ver qué buena nueva traía entre sus labios.
-¡Hola!- (yo esperaba que viniera fumando con esa sonrisa como ritual a la entrada de cada casa).
-¡Pásale!- (siempre le digo lo mismo. Como de costumbre esperaba que me ofreciera un cigarro, pero esta vez no lo hizo).
-¿Tienes una copa de vino?- Oriana llegaba como en un sueño que suele provocar un fuerte peso en la boca del estómago, como un andar de cabellos que golpeaba por debajo de mi piel.
Primero nos sentábamos a platicar y entonces empezábamos la función. Una, dos, tres, cinco, diez, quién sabe cuántas copas de vino. El mundo y sus imágenes en una gota de calor sobre el cristal de nuestros ojos. Guerras y amores clandestinos; su piel, rectángulo que se dislocaba ecuánime sobre la alfombra...
Doce aeme: Oriana y yo no supimos si entonar el himno nacional o asomarnos desde la ventana y gritarle a la gente que el mundo cosmopolita nos repugnaba, y que extrañabamos aquella ciudad plagada de horas en blanco y negro y museos donde vimos varias veces “El perro andaluz”.
Aquellas tardes de sueños fueron enterradas por el clima extremosos en este rincón del país, en esta franja donde las balas emigran transfugas transfronteras. Al final, no hacíamos ninguna de las dos cosas, preferíamos escuchar a Beethoven o Mozart, o simplemente escondernos bajo las sábanas y jugar a que éramos niños desnudos. Adan y Eva.
Cuatro aeme: Todo lo que pasa afuera es irrelevante; el ruido de la ciudad y su masa de contradicciones y sueños del sur interrumpidos, mujeres extraviadas en este enorme laberinto. Jugamos con un cigarro a hacer figuras de sombras sobre la pared mientras nos íbamos quedando dormidos.
Seis aeme: Las nubes se quiebran como rompecabezas, se suicidan después del vaivén de emociones. Llueve. Mi padre corre bajo el aguacero detrás de mi, pensando que me detendrá cuando viene un camión a unos cuantos metros y a punto de atropellarme...
Diez aeme: Despierto.
La cocina y todo el depa está envuelto en aromas de cigarro y sexo y sueño, y entonces la música y la ceniza (su olor) se vuelven ropa o recuerdo, taquicardia.
Encima de un brassier una cajita roja destruida por las pisadas de un fantasma encolerizado, es una cajetilla de Marlboro, los cigarrillos están partidos por la mitad, qué desgracia. Oriana vuelve aparecer quién sabe de dónde (ha de haber estado escondida en el horno o el closet)
-¿Tienes un cigarro?-Mi voz entrecortada por los restos de una prolongación de alcohol en mi cuerpo.
-No- El “no” de Oriana es raquítico, pero cortante.
-Tu casa parece un jolgorio, cuánta perdición, ¿no te da vergüenza?- dijo ella.
-No-
-Ah, des-ver-gon-za-do-.
-Tu me ayudaste a hacer de esta casa lo que ahora es, y vienes a decirme que soy culpable, nunca has sido para ayudarme a recoger historias que hemos dispersado entre tantas noches- lanzé mis dardos. Palabras.
-Eso que dices es una mentira- Oriana voltea a ver su rostro pálido en el espejo del pasillo. Se acercá a el como si fuera a besarlo. Sonríe, voltea a verme, mirada diábolica, saca un cigarro de su camisa sucia de amaneceres. Yo juego a extingur los cerillos que aún quedan en la cajetilla.
-Te pedí un cigarro hace unos instantes-.
Ella sólo sonríe mientras se sigue viendo en el espejo; juega a hacer imágenes con el humo al mismo tiempo que vuelvo a entrar a la primera etapa del sueño.
Cuando despierto Oriana ya no está, pero queda algo de ella: su aroma en la mezcla de ceniza, delirio, vino. Estado alterado de conciencia con ciencia con aterradoras formas de ver la vida.
Horas más tarde, las luces intermitentes vuelven aparecer disgregándose entre la arena y el barro, el ruido de la ciudad nocturna desaparece sobre el asfalto del desierto mientras estoy a punto de cerrar el cortinero que da hacia la 16 de septiembre, entonces alguien toca la puerta; guardo la esperanza en mi cartera de que pueda ser el billetero de la lotería.
-¿Quién?- pregunto antes de abrir la puerta.



El Labrador


José Barrientos se levantó temprano para curarse la cruda. Esperó en el sillón que tenía afuera de su casa a que dieran las once de la mañana para que abrieran las cantinas del pueblo. El calor le provocaba escalofrios y visiones pasajeras contaminadas por el ruido de los autobuses que partían rumbo a Chihuahua. El paisaje era el de siempre: mujeres caminando junto a sus niños de regreso a los hogares cargando pesados baldes con agua.
Cuando por fin llegó la hora del bar, emprendió su acostumbrada caminata a lo largo de (supongamos) siete cuadras cerca de la carretera que parte en dos a Villa Ahumada, hasta llegar al tugurio para jugarse el sueldo como cada fin de semana en una partida de billar.
Le apuraban dos tragos de alcohol que tomó en casa, sacados de una esponja seca que era la botella de tequila que le había regalado un turista en la gasolinera la noche anterior.
La música, la obscuridad, -los focos sin neón-, se perdían en la arena contigua a los terrenos desiertos que daban a la carretera federal, mientras José se acercaba a El Labrador, una cantina de esa tierra en páramo.
Desde afuera se escuchaba como cada viernes la música de un guitarrista ranchero que ensayaba su repertorio para esa noche.
Empujó cuidadosamente con sus manos astilladas la puerta estilo viejo oeste, de esas a medio marco y con rendijas para que los niños se puedan acostumbrar a ver las piernas torneadas de las putas que mucho andan por ahí.
El olor a tabaco y perfume de mujer (el incendio del lugar) aguardaban asesinos la mirada de José.
Veinte personas parecían encuadrar una fotografía surrealista.
Al amparo de un enorme cactus de piedra situado al centro del lugar, justo a unos pasos de la mesa de pool, lo inimaginable: hombres y mujeres, todos, parados de manos.
José, el alegre y parrandero, se quedó sin palabras, sólo un ‘no me chingues’ pudo apenas salir sin fuerza de sus secos labios.
-¿Se le ocurre algo?- De pronto la voz esdrújula de una mesera surgió en los albores de la borrachera. Apenas pudo oirla. La música desafinada que salía del solitario guitarrista acompañado de un teclado electrónico, disminuían las frases que iniciaban su dispersión.
Barrientos giró a la derecha y pudo ver las piernas, tobillos y tacones de la mujer que sin mucho apuro sostenía su cuerpo esbelto sobre sus manos.
-¿Se le ocurre algo?- la mesera de nueva cuenta.
Apostado en la entrada del bar, el recién llegado podía ver todo lo habido dentro de los veinte metros cuadrados que medía el bar: la barra de triplay apoyada sobre tres tambos negros de doscientos litros que encerraban al servidor de sonrisas, el músico (que tocaba con los dedos de los pies las cuerdas detrás de una cortina blanca y delgadísima, casi invisible), la entrada al baño unisex, la mesa de billar y la salida de emergencia cerrada con candado.
José tenía veinte años acudiendo regularmente a El Labrador. Jamás le tocó ver algo similar. Estaba sorprendido. Se llevaba vez tras vez su mano derecha a la frente para quitarse el sudor que le escurría desde el cuero cabelludo.
Lo que sucedía era visto por José con una mezcla de cautela y desesperación, mientras las horas pasaban. Ellos platicaban, mientras él se hundía en el suelo de cemento y arena todavía caliente por el calorón a cuarenta grados desde medio día.
Después de la sexta cerveza se quitó los lentes y los guardó en la bolsa de su camisa.
-¿Se le ocurre algo?- la voz de la mujer rebotaba sin cesar las cuatro paredes de la cantina. Era un eco, un delirio; la agonía que por momentos sucumbía al éxtasis en re menor que tocaba el guitarrista.
José evadía las preguntas de la mesera. Disminuido en sí mismo daba vuelta a los parajes más remotos que escondía en su ser: el deseo de matar a alguien, la infidelidad que le perseguía desde años, el grito de guerra que profirió a su sirvienta mientras se pasaba en copas, antes de intentar violarla.
Caminó hasta la barra y se sentó en una silla. Intentó pedir un trago que le arreglara la situación pero todo era en vano. El cantinero se ocupaba en tratar de mantener el equilibrio mientras reía y preguntaba: -¿Se le ocurre algo?-
-¡Déjeme de preguntar pendejadas y sírvame una cerveza por favor!- gritó el carpintero Barrientos visiblemente molesto.
Como pudo, el cantinero se acercó para replantear la pregunta. Una y otra vez el interrogatorio somnífero y lento contra José hizo que cayera de golpe su cabeza contra la tabla que hacía las veces de la barra. Quedó profundamente dormido mientras el guitarrista seguía tocando una música que combinaba lo ranchero con el rock; las cumbias y el jazz.
Al amanecer el carpintero despertó con un fuerte dolor de cabeza y envuelto en un olor a limón podrido que lo había acompañado durante toda la noche. Tembloroso, buscó un cigarro en su bolsillo y sólo encontró sus lentes y una servilleta marcada con la cuestión que le habían hecho horas atrás: “¿Se le ocurre algo?” rezaba lo escrito con lapiz labial.
Volteó a su alrededor y no había nadie, sólo una señorita que barría presurosa los restos de la fiesta.
-¿Y los que estaban parados de manos anoche?- preguntó sorprendido el carpintero.
La dama le miró viendo con ojos de lástima y vergüenza ajena. Hizo una mueca con la cara y un movimiento con los hombros para expresar que nada sabía sobre lo ocurrido ahí.
-¿Y el dueño? Yo conozco al dueño, al señor... ¿cómo se llama?... ah, sí... a don Ricardo, ¿dónde está?- cuestionó José.
La mujer señaló con la mano izquierda (mientras detenía la escoba con la mano derecha) hacia la puerta de salida para indicar que el propietario del bar estaba afuera.
Barrientos enfiló hacia la puerta y gritó:
-¡Don Ricardo!-
Nadie contestó. Salió al terreno del frente, para buscarlo pero no lo pudo encontrar. De pronto la mujer que barría la cantina empujó las puertillas del bar sin mirar al desconcertado José que se mecía incrédulo el cabello. Pasó frente a él con rumbo a la carretera cargando bajo su brazo derecho una piña.
-¡Oiga¡ ¿y don Ricardo?- gritó José. No recibió respuesta alguna de la mujer, entonces, emprendió su acostumbrada caminata matutina al tiempo que intentaba pensar cómo darle solución a tan complicada pregunta.


Antonio Flores Schroeder
Nubes


Los amantes del cielo
buscan olvidar sus figuras imprevistas
sobre el asfalto del desierto
(mientras las aves emigran distraídas
y los niños vuelven a casa).

Para no perder su esplendor
el sol se ha ocultado
y las mujeres que caminan
con rumbo indefinido,
han mojado sus rostros infieles
al amparo de la lluvia.

Ahora la fuerza del viento
arrastra sus pasos sobre el techo,
y las sombras de los árboles del parque
se han vuelto insólitas;
todo resplandece
como si el mundo se fuera acabar.

Cuando vuelve la calma,
ellas intentan renovar
sus figuras imprevistas
para no ser alcanzadas por el sol
dejando sus almas en la ciudad.




Antonio Flores Schroeder
Encuentro



Incinero palabras
amanece la noche
va la serpiente bala
desfigurando el cristal,
último trago de invierno
á-cido alfombra y tierra

humo, luz,
plástico cuando escribo
versos que llevo en silencio,
péndulos de piedra
renacen fuego,
remolino de sábanas
paja

duermo lobo bastardo
acurrucado a tu sombra.

¡Cuántas flores han muerto
en esta ciudad
cubierta de heridas
que nadie vio!

Encarno la frontera:
¡maldice el brillo de la tinta
que gotea en esta hoja!
agua clara de recuerdos


Antonio Flores Schroeder
Enero 2002
Distancia


La vida suele transcurrir
con lentos destellos de reflexión ausente;
invade,
examina,
desaparece.

Es despiadadamente amable,
amorosa,
al punto de volverse subversiva
para señalar los fuegos del extravío.

A veces se dobla
como flores en ausencia de luz,
vana esperanza
en un tiempo alterno
que incendia la nostalgia.



Antonio Flores Schroeder

El resúmen


La idea: sacar el agua del río;
la acción: guardar las piedras;
el dogma: la verdad;
lo central: el agua;
lo recóndito: cualquier ser;
lo azul: el cielo;
el algodón: las nubes;
la forma: la visión;

resúmen:
Lo central de mi ser
es el cerebro,
el secreto es la vida,
lo interno es el corazón,
entonces
lo recóndito de la existencia
es cualquier ser.



Antonio Flores Schroeder
Entre el aire y el ruido de la noche


Flota la ceniza de un misil en llamas
mientras la luz florece
al filo de las sombras.

Cada atardecer es una brisa de niños,
sonrisas que engañan al desierto
rugen, ensordecen,
nostalgia que aflora
cuando se pierde la luz
en la secuencia de recuerdos.

Este amor delirante
convierte a la ciudad
en fotografías:
una luz, una oscuridad, una estrella;
imágenes llegan, se quedan,
(viento y arena)
desaparecen impulsadas por las bromas del destino.

Las nuestras, las valientes
impostergables mujeres
se van de la ciudad.



Antonio Flores Schroeder

Entre la virgen y la gente


En una mañana decembrina una mujer
vestida de tierra y con heridas en sus pies,
caminaba desierta por el centro de la ciudad.

El mundo le había encendido el vientre.
Cada vez y con mayor autoridad
las puertas de su conciencia
eran golpeadas por un ir y venir
de borrachos malolientes.

Durante algunos minutos insistió
en tocar las ventanas de casas
y cortinas de la zona. Nadie le brindó ayuda.
Al contrario, varias fueron las ancianas
que corrieron cortina,
para evitarles a sus niños
la pena de ver nacer en la interperie
a un ser humano.

No pudo más. Tomó de un bote de basura
un cartón frio y algunos
periódicos húmedos
y enseguida los acomodó en el suelo.

Se quitó la falda rota,
recogió su cabello
y recostó el cuerpo en el tendido.
Al cabo de un tiempo
pudo escuchar por fin
el llanto del recién llegado.

Nadie imaginó,
que de esa señora muerta de hambre,
nacería Dios otra vez.



Antonio Flores Schroeder
La noche y la locura


La noche es una lluvia pasajera,
un relámpago que descubre
nuestro sexo a discreción,
una luz en medio de la plaza
cuando estoy en el exilio,
una encrucijada con la muerte,
otro escondrijo del sol,
voces que fluyen
en los cauces de la locura
a cada instante.

La noche es un viento,
protestas multitudinarias de fantasmas
frente a la catedral,
un maguey en el ocaso,
una droga clandestina
que ocasiona un caos a los dementes.

La noche es un día en la cárcel,
una guitarra que flota en el río,
un lugar sin niños,
prohibir a la virgen desnuda
en el armario de la ciudad.



Antonio Flores Schroeder
Fantasma



Oscurece cuarto amorfo,
las piernas de Oriana
juegan niñas jardín
con su demonio al tiempo...

lombriz cabello cristal
sobre el diván de agua
flota entre girasoles.

Andrajo animal,
sueños prohíbidos
a un tercio de noche
mientras Oriana
no es mas la voz
crujir de huesos
lejos de la ventana.

Ahora su piel reloj arena
pasea piedras sobre la espalda,
espía a través de la cortina
cuchillo en mano
lividinosa asesina
que amanece fantasma
en las ramas de árbol.



Antonio Flores Schroeder