martes, noviembre 25, 2003

La Estación de Dulce en Mexicali
Después de diez años de recorrer su piel a través de nuevos senderos su sonrisa sigue siendo la misma. Aún la puedo ver recargada sobre la pared, con sus ojos a punto de derramarse en el llanto inconfundible y siempre con una botellan de pretextos para no despedirse y mantener una charla hasta las cinco y media de la madrugada.
La voz de Dulce era un eco, una llama del otro lado del cuarto; una mano con tres aspirinas y una Coca-Cola frente a la ventana del segundo piso que permitía ver el aterrizaje de las estaciones.
A veces parecía el amanecer una poesía, un breve descanso y luego el ir y venir de sus labios casi como hoy que ya no dormimos la sábana en Mexicali, Nogales o Los Angeles, California.
Nuestros niños tienen ya ocho y seis años y el 2003 es increíble; ellos juegan en los columpios que antes no estaban y el jardín y el perro boxer o Sigmund Freud pintaron nuestras sombras que escalan las paredes de esta habitación.

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