lunes, noviembre 17, 2003

La ciudad de los trepanadores

Existen situaciones que uno no sabe si contarlas o quedarse callado en el cuarto de la inutilidad. Esta vez después de consultarlo entre escritores, periodistas, abogados, seis bomberos y tres albañiles, decidí escribir lo que están a punto de leer, lo cual seguramente, les parecerá -como dicen- 'algo sacado de onda' sin embargo es la pura neta.
El domingo, a eso de las siete de la tarde dejé el Jetta en el departamento y enfilé sin rumbo fijo hacia el centro de la ciudad, con la firme intención de encontrarme una de esas mujeres nogalenses fuera de serie.
Pues resulta que cuando caminaba por la Avenida Plutarco Elías Calles, detuve a un taxi, ya que me cansé por aquello de mi vicio al tabaco.
-Hacia dónde lo puedo llevar?- preguntó el anciano al volante.
-Déjeme allá cerca de la línea, donde está el bar "La tabernita"-
Después de sentarme en el asiento trasero, empecé a notar algo por demás raro en el chofer.
El tipo, muy quitado de la pena, se golpeaba con un instrumento de metal y madera la parte frontal del cráneo. Sí, la escena era bastante grotesca.
-Le sucede algo señor?- pregunté.
-No, por qué habría de pasarme algo?-
Pensé que el señor estaba volviéndose loco o que tenía alguna deuda con un banco o con la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, pero preferí observale con cautela mientras la sangre que salía de su cabeza era cada vez más abundante.
-Esto de la trepanación no es cualquier cosa oiga-
-Disculpe, trepana qué?-
-trepanación, trepanación, señor-
-Y eso que es, disculpe mi ignorancia- lo cuestioné mientras veía como se limpiaba la sangre con un pedazo de almohada.
-Hacernos agujeros en el cráneo nos permite, según dice mi suegra, alcanzar un nivel de conciencia superior, ya somos muchos-
Por momentos los comentarios del sujeto me hicieron creer que él estaba loco, sin embargo, cuando hicimos el primer semáforo sobre una de las únicas calles pavimentadas de Nogales, Sonora, alcancé a ver a los pilotos de los carros particulares golpearse la cabeza con un instrumento similar al que llevaba el chofer de la unidad de alquiler.
Fue ahí donde comenzó el problema para este escribidor. La gente que caminaba por la bánqueta hacía lo mismo, los voceadores de los diarios, los vendedores de cigarros y chicles, todos, completamente todos, hacían esa misma mamada.
-Bájeme aquí por favor- le supliqué.
El taxista dio un frenón como si estuviera en una carrera de Indianapolis o ya se perdida en el Autodromo Hermanos Escobar de la Ciudad de México.
No le pagué (de por si soy mal pagador. Con esas pendejadas peor).
Caminé durante varias cuadras hasta anocheser. Cualquier persona que veía intentaba hacerse un pinche hoyo en la cabeza como si fuera cualquier pendejada.
Me regresé al Departamento con la finalidad de dormitar un poco y olvidar aquella dantesca escena, pero al entrar en mi recámara, la almuhada estaba manchada de sangre de nueva cuenta, igual que ayer, la semana pasada o la anterior.
Todavía no me acostumbro a este pedo de la trepanación. Llevo diez perforaciones y aún se me siguen olvidando las cosas.
Si no fuera por el espejo.

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