martes, noviembre 25, 2003

Con la otra guerra a cuestas
Hace tiempo toqué tus manos otro lado el mundo, eran tiempos que escondíamos armas bajo el colchón o la almuhada, horas que ninguno de los dos podía dormir al guardia ni levantarse a desayunar el enojo del Comandante.
Ahora te he encontrado tantos años, me pregunto si es demasiado tarde para entregar el mapa, el dinero, las armas, mis sueños.
Por eso he decidido apostarme aquí, en este departamento de segunda para espiar a través de la ventana. Creeme que pasar la tarde o la noche entera recargado en este sofá resulta embriagador; cada vez que te veo entrar, salir, esa puerta haz de volver hacer de las tuyas. Esa Biblia te va a delatar.
Antes, y me refiero a un antes no muy pasado, quizá 20 o 15 años, carecías de escudos de ese tipo. Entonces tomabas la pistola y la granada de siempre, descargada, inservible y salías a caminar, tan campante, fuera de ti misma.
Por eso digo, o al menos yo que te conozco, te van a delatar. Yo que tu dejaba ese librito en casa como escusa para regresar a la infancia "o algo así" como solías decir. Si puediera decirte que aquí estoy, a tan solo treinta metros de ti, que tan solo una calle nos divide, de seguro echarías a llorar. Pinche vieja tan valiente... y tan llorona.
Yo creo que por eso enamoré tus huesos, uno por uno, aún cuando sabía que pertenecías al cielo y podrían matarme, así como así, a la salida de ese bar que frecuentaba los viernes por el verano.
Mira, esos pasos son iguales, ese caminar, tu espalda... cabrona, quién sabe que harás con ese cabrón con el que vas a subir a tu depa, de hecho esos lentes obscuros son los mismos con los que fuiste a mi entierro. Ya ni la chingas.

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