lunes, agosto 11, 2003

Una tarde de marzo se levantó de la silla cuando las palomas ya no estaban en la plaza. Decidió partir hacia los campos minados de la conciencia para reconstruir su vida lejos de lo que siempre quiso. Dejó sus guantes blancos manchados de sangre y nostalgia en el tambo de la basura. Dice el vendedor de paletas -que tuvo la fortuna de ser el último en verlo en ese lugar- que llevaba en su rostro una mezcla de ilusión y tristeza.
Subió a un taxi y pidió ser llevado al aeropuerto. Durante el trayecto la ciudad le parecía un infierno, imágenes de su infancia desfigurando las praderas, luego una playa, el desierto; una voz que le hablaba desde adentro: "Soy Dios, ¿a dónde vas?".
Era un eco, una y otra vez.
-Voy a buscarte- dijo en voz baja, como para si mismo.
-¿Mande?- preguntó el taxista.
-Nada- no me haga caso.
"A dónde vas?" escuchó de nueva cuenta.
El tipo aquejado por lo que oía solicitó al taxista que se detuviera a un costado de la Avenida. Bajó del auto. Todo era amarillo, al fondo, señales de humo: payasos sentados en el cordón de la banqueta del otro lado le gritaban.
No alcanzó a hacer nada. Un fuerte golpe sin dolor terminó con su caminata, con la huída.
Sobrevivir a un atropello de un camión es difícil. Todo fue muy rápido, me contó el taxista años después, un día que pasamos por ahí.

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