miércoles, agosto 27, 2003

Encuentro tu encuentro con Luz, en la oscuridad, en la luz, creciente de la señora Del Río donde esperaba el último vagón de la infancia, ansia de regresar a la primer cita, a esa mirada que te engendró en una tarde cuando ya brotabas en los labios de tu madre. Cuatro puertas sobre el buró de madera carcomida, por la lluvia, por el sol de una casa sin techo y encontrarte con una taza de café -fria como el final de los tiempos- cada mañana con el periódico de hace ocho años.
Eres el mismo muerto -con rima- que tocaba el violín sentado en la alfombra. Tu mujer que rondaba detrás de las cortinas ya no está. Esa es la verdad, cada (des)encuentro con Luz, a oscuras o con luz, será siempre una falacia, la escena de ayer, hoy y siempre: arojarte al vacío y despertar en una habitación presidencial de un hotel en una playa, un embovedado o bajo el puente de la Avenida Juárez, ahogado. Una botella de whisky a medias de tus piernas que no tomaré (eso ya lo dijiste).
Al final de cuentas, en los cheques, en la división que hiciste frente a la maestra en el pizarrón, tu amigo la borró. ¿Quién traerá a todos de regreso?

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