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viernes, julio 25, 2003

El señor Baboryni encontró en su lugar de trabajo una carta con una flor impregnada de recuerdo. Decía lo siguiente:


Señor Baboryni:

Le saludo desde la ajetreada tienda donde vendo calcetines. Desde este escritorio donde hicimos varias veces el amor a la hora de la comida. No he dejado de pensar en usted, sobre todo por su maniobra para entrar sin tocar la puerta y robar mi bolso. Espero que con el dinero que encontró allí, le haya alcanzado para llegar a Valencia.
¿Que cómo me enteré de que está usted en esa ciudad? No me cuestiones. Sentí como esculcabas mi piel, como metía las manos y sacaba de entre mis pechos las monedas de oro, el pasaporte de entre mis piernas, la vida de un rasguño. Me dejastes en el contenedor sin pensar que despertaría en el relleno sanitario. Que locura.
No debería de preocuparte esto. Ya estoy de regreso.

Atte. Nidia


Baboryni salió de la llantera donde trabajaba. Podía escuchar los latidos de su corazón. Sacó de su bolsa en la camiseta un carrujo de sonrisa. Escuchó los tacones de Nidia a sus espaldas, después el estruendo. El calor entró por la espalda, tenía sangre en el estómago. Se arrodilló. Las espinas de las rosas fueron fantasmas, imágenes distorcionadas, luego obscuridad.
Nidia guardó su pistola calibre .22 y se fue.
Así de sencillo.

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