lunes, julio 14, 2003

El hombre de la barba

Martes 14. Ahí estaba el señor con sombrero y de barba larga, canosa, desalineada. Comía una rebanada de melón. Sentado sobre un balde afuera de la cantina pasó los últimos ocho días con el mismo periódico en sus manos. Debió haberse aprendido de memoria cada noticia, cada mentira. Vestía una gabardina perforada por el tiempo, sus bolsas estaban rotas y las mangas seguramente llegaron a pertenecer a otra prenda, pues era de una tela totalmente diferente, aunque casi del mismo color grisáseo que el resto de la gabardina.
Aún puedo ver aquella dramática imagen. Primero escuché su grito lejano "Ya se los cargó la chingada". Giré a mi derecha para ver qué ocurría. Me disponía a subir al templete del boleador para hacerle parcecer a la gente que mis zapatos eran nuevos. La distancia entre él y yo superaba la media cuadra fácilmente. Después de su última palabra se sacudió la cuadra mientras se escuchaba todavía el eco de una detonación. El tipo resultó un suicida, un loco, silencioso acróbata de la nostalgia que decidió llevarse la vida de treinta personas.
Lo viví como en una película. Pudo haber sido una calle de Beirut, Bogotá, Buenos Aires, Montevideo, Ciudad Juárez, pero fue una calle sin pavimentar de este pueblo incrédulo.
Las llegada de los medios de comunicación no se hicieron esperar. El terrorismo daba inicio en donde menos se esperaba. Cuántas veces llegamos a pensar que en México nunca sucedería. Nunca imaginé que este pueblo resucitaría gracias a un terrorista que no era terrorista. Llegaron empresas maquiladoras a imprimir en camisetas, botones, llaveros, relojes: "Pedro el terrorista". Nos hicieron famosos en todo el mundo. A las pocas semanas el Gobierno Federal, olvidado ya de este lugar, tuvo que instalar una oficina especial de Turismo. Miles de europeros atraídos por el extraño sujeto llegaban cada semana. Abrieron café internet, una tienda de recuerdos; el lugar de la tragedia fue convertido en "El museo del hombre bomba". Afuera del lugar se apostaron varios vendedores con fritangas, otros con aguas frescas, refrescos, incluso hubo quien resurgió de entre la miseria y ya tanía un puesto de quesadillas. La Coca Cola inauguró su empresa en medio de una gran fiesta. La primer botella llevaba la imagen del hombre de la barba con sombrero.
Los artistas apagados hasta aquel tétrico día, pintaron cuadros inolvidables, compusieron canciones bellísimas y los poetas pusieron sobre las hojas de un árbol más de diez versos para no dormir.
Qué bonito sería si en cada población hubiese un terrorista.

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