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jueves, julio 24, 2003

El domador

Llevaba una hora de inmovilidad arriba del árbol de juguete que los cirqueros le trajeron para distraerse. Cuando decidió incorporarse a la vida saltó sin soltar su látigo, las rodillas se le morían, las gallinas salieron despavoridas y hasta al equilibrista le latió más rápido el corazón. Caminó unos pasos hacia la entrada del circo donde estaba el payaso con un bulto de hojas en su mano izquierda, y comenzó a gritarle que él tenía la culpa de que los relojes se hubieran descompuesto.
"Y ahora a qué horas le voy a dar de comida a mi león" gritó en varias ocasiones. Los emás sólo atinaron a maldecir una carcajada.
Se hicieron los del oído sordo y la mueca perdida. Después del acto, enfiló otra vez al árbol mientras la tragedia que acompañaba al motociclista que había atropellado a su gato con el que había pasado los últimos ocho años, seguía consternando a los cirqueros. La muerte de "Don Guyo" le dolió más que la de su madre. Todos están de luto en el circo.

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