lunes, julio 21, 2003

Carmen, la etarra

Tengo diez años dentro de este lugar, perdido. Aún recuerdo los primeros días con los etarras y mi guerra apocaliptica contra los italianos y alemanes. Uno de esos días en que planeábamos jugar con McDonald's en Barcelona, saqué de la mochila el artefacto: una muñeca. Yo estaba en el techo del Edificio Tres y la dejé caer. Pude ver sus ojos muertos viendo hacia el cielo que daba vueltas. Caía hacia la banqueta de asfalto,de piedra (bang) acerrín. Sonreía. Hacía mucho calor.
Carmen me tomó de la mano y nos volteamos a ver antes de sentir la explosión. Fue agradable. Nos pusimos uniforme escolar e inineramos nuestra extravagante vestimenta. Bjamos de prisa por las escaleras que estaban rayadas con frases a nuestro favor. Aquello era un laberinto, descendía, agonizaba. No era el efecto del sedante sino el del éxtasis.
Por el cristal del segundo piso pude observar a la gente correr, la calle estaba invadida por el polvo y los gritos. Santo Dios Etarra.
Alejarnos de ahí fue un error. El taxista notó nuestro miedo ¿o gozo?.
El hijo de puta sacó su 9 milimetros y nos disparó en el estómago a los dos. Los edificios y los carros que había a nuestro alrededor eran de sangre, un dolor abismal. A Carmen no pude hacerle nada, más que ponerla sobre mis piernas. Yo me moría, ella divagaba.
Ahora, una década después metido de sacerdote en Colombia, tengo una eternidad que no la veo. Prepararo mi guerrilla urbana en Cali, ella, según me dijo un amigo de la milicia uruguaya, trabaja en Seguridad Nacional de España. Debe estar esperándome...

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