martes, julio 15, 2003

Caminar por caminar. Salir a buscar un encuentro cualquiera, quizá la muerte en la esquina de la plaza donde aprendí que las ciudades eran meros refugios, centros comunitarios en el que convive la avestruz y la jirafa en ese mar llamado cielo. Cada paso, cada intensidad, (por ejemplo tomar las manos de una mujer para no caer) son coincidencias bajo los bombardeos de esta tarde en blanco y negro. La lluvia tiene horas, billetes de cien pesos que naufragan entre la corriente de agua hacia el Santuario donde se ha congregado la gente. Luego pasan mis reflejos,
una estaca de madera,
un barco con el último respiro de vida de un taxista, la lechusa sostenida sobre un cable de alta tensión parece no darse cuenta de la situación.
Entre los minutos (la sirena) una ambulancia, en sentido contrario ¿a dónde va?
un payaso cuenta monedas en el pretérito de esta historia sin saber que hoy no comerá.

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