martes, febrero 25, 2003

Mi breve encuentro con García Márquez

Por Antonio Flores Schroeder

Hace un rato salí del periódico para comprar unos refrescos (digamos que unas cocas) y justo cuando caminaba cerca de la fuente de la Plaza de San Lorenzo me encontré con algo increíble, chistoso pues. Resulta que me detuve a fumar un cigarro para ver si una de esas despistadas palomas hacían una gracia sobre mi cabeza, teniendo mala suerte debido a que (por la lluvía que se aproximaba) estaban escondidas en la torre de la iglesia justo a un lado del rotativo donde trabajo.
Cuando terminé de fumarme un Marlboro para proseguir mi camino en busca de unos refrescos que me pudrieran los riñones un hombre me interceptó. Lucía una edad avanzada.
Al levantar mi cabeza para ver su cara de frente no pude creer lo que estaba sucediendo. Era el maestro Gabriel García Márquez. Sí, el escritor colombiano. Empujaba un carrito de paletas mientras agitaba una pequeña campana que colgaba de un estambre rojo.
Me puse de todos colores, como diría mi vecina cada vez que se fuma un porro.
-Toño, ¿como estás?- preguntó como si me conociera de antaño.
-Buenas tardes... digo buenos días, don Gabriel- corregí desconcertado.
-¿Ya leíste el libro mis memorias?- dijo en un claro tono de voz colombiano.
-Es un libro memorable- fue lo único que pude decir mientras se alejaba con su carro de paletas gritando: “Son de hielo... de crema, de sandía... son de melón...”
Al recuperarme del incidente corrí para preguntarle por qué traía ese carro de paletas.
-Señor Márquez...- apenas le iba a cuestionar cuando volteó a verme.
Su rostro cambió. Era un viejo desorbitado y sin dientes.
-Puta madre, ¿y ahora qué?- mi voz baja, temblorosa.
Tuve una vergüenza tremenda y sólo atiné que debía escapar cuanto antes de ahí.
Me limité a ir por los refrescos tratando de pensar qué me había ocurrido en la plaza.
(¿Y si de verdad era Márquez?) pensé antes de entrar a la tienda.

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