martes, febrero 11, 2003

Martín Coronado (o el extraño destino de un periodista)

Por Antonio Flores Schroeder

Sólo faltaba Martín Coronado. Durante esa semana había marcado sus llegadas en la tarjeta de asistencia después de los quince minutos permitidos para llegar tarde al periódico.
La razón de los retardos se debía a una descompostura de su carro, teniendo mala suerte descompusiera del carburador el martes por la tarde, cuando el sueldo ya se ha esfumado y no queda otra que abordar la ruta 4 o caminar cuadras enteras bajo el terrible sol de agosto.
A esa hora los editores llegan apresurados para iniciar la junta editorial que habrá de programar la edición del próximo día.
En la sala de juntas el subdirector del rotativo Adrían Castillo esperaba a que llegaran los demás. Leía el avance informativo: “Esta mañana la policía municipal encontró el cadáver de una mujer incinerada en los parques y jardines de El Chamizal”, decía una de las notas del budget local.
(A ver a quién le echa la culpa el gobernador) pensó Castillo.
Era la cuarta adolescente asesinada en la semana sin que las autoridades estatales pudieran consignar un expediente a un juez.
-Buenas tardes- entró la jefa de redacción a la sala de juntas cargando un bulto de periódicos.
-Hola- la respuesta a secas del subdirector quien no dejaba de leer el avance de noticias, mientras los editores comenzaban a llenar los cinco lugares disponibles de la mesa redonda donde se trama la reunión editorial: el complot o la verdad.
Afuera de ahí, en la redacción, Oriana acababa de encender su computadora cuando escuchó los pasos de Martín.
-Qué onda- la voz agitada de él.
-Hola, ¿cómo es....- el saludo de Oriana fue interrumpido por las risotadas y burlas de los reporteros que asomaban sus cabezas por encima de los cubículos: Martín Coronado había llegado al trabajo vestido de torero.
-¿Qué nunca han visto alguien vestido de torero?- preguntó en voz alta ante la sorpresa de reporteros y los fotógrafos.
-¿Y ahora a ti que te pasó?- interrogó disminuyendo el tono de sus palabras Oriana.
Él tomó asiento. Encendió primero la computadora y luego el televisor de seis pulgadas que solía tener a un lado del monitor de su macintosh.
-¡Martín!- gritó la jefa de redacción enojada. Apenas había salido de la junta editorial.
-¡Ándale!- exclamó Oriana preocupada.
Se levantó de su lugar enfilándose hacia la oficina de Adriana Campos.
La responsable de la edición se sentó detrás de su escritorio, cruzó sus piernas sin depilar, sacó un cigarro del cajón y ordenó:
-Cierra la puerta por favor-
-¿Qué pasó contigo? Tienes llegando tarde toda la semana y ahora vienes vestido de...- señaló con el cigarro (todavía sin prender) la pintoresca vestimenta del jóven.
-No juegues, que poca seriedad la tuya- remató.
Martín mantenía su frente en alto ante la reprimenda que estaba recibiendo.
-Me acaba de ordenar Adrían (continuó la señorita Campos) que te despida. Ahorita mismo te van a entregar tu liquidación-
(Seguro piensa que vengo borracho) pensó.
-Pasa con el señor de recursos humanos para que puedas llegar a un acuerdo sobre tu despido.
Sin haber mediado una sola palabra Martín Coronado se levantó. Abrió la puerta y caminó hasta el departamento del jefe de personal.
Para ese instante casi todo el periódico se había enterado de lo ocurrido. Rápido corrieron los rumores en toda la redacción: “Parece que ya cambió de profesión”, “Se me hace que algo grave está sucediendo”, “Lo van a correr”, “Están planeando una fiesta, te lo apuesto”.
Mientras ambos habían estado en la jefatura de redacción el subdirector habló por teléfono con el encargado de recursos humanos para que tuviera conocimiento de lo que estaba sucediendo.
-Pásele- dijo el licenciado Reyes después de escuchar que tocaban la puerta. Sabía quién era.
-Buenas tardes- dijo el coeditor.
-Ya tengo conocimiento de su caso. Ahorita en la caja le van a entregar una parte de su liquidación, lo demás puede venir a recogerlo... el... lunes, sí, el lunes próximo. Aquí tiene una carta de recomendación, para que consiga trabajo rápido y muchas gracias por haber cumplido con la empresa- dijo sin dejar de ver el traje que portaba el despedido y deslizando los dedos por su tupida barba.
Martín salió bastante molesto a recoger su liquidación. El dinero le fue entregado en una bolsa de plástico dentro de un sobre amarillo.
Se habían acumulado muchas cosas en su cabeza. La posición del dólar frente al peso, los asesinatos de mujeres, la contaminación (ecológica y mental) las drogas, el sexo, las mentiras de los políticos, el narco; la inseguridad de la frontera.
-Firme aquí por favor- ordenó la cajera.
Salió del periódico con diez mil pesos y se dirigió a caminar por la avenida Paseo Triunfo de la República rumbo al centro de la ciudad.
Dicen los testigos de aquellos hechos que su traje de torero brillaba bajo el sol de las cinco de la tarde como si trajera puesto consigo perlas y diamantes sobre el atuendo. Los taxistas sonaban el claxón una y otra vez y hubo incluso mujeres que detuvieron sus carros para proponerle llevarlo a donde él quisiera.
Tras haber caminado media hora sobre alfalto caliente había recibido insultos (algunas veces aplausos) debido a su traje. Tenía sed, hambre, enojo, hasta que llegó a una tienda de abarrotes y artículos usados frente al Mercado Juárez.
Entró con el sudor escurriéndole por la frente.
-Disculpe, ¿no vende agua?- preguntó al encargado del local (una pregunta bastante estúpida, pues en todas las tiendas venden agua, ¿o no?).
-Si, allá en el fondo, en los refrigeradores rojos joven- dijo el señor canozo que no dejaba de mirar la extraña vestimenta.
En medio de un olor a incienso Martín avanzó entre santos que colgaban del techo y veladoras encendidas por todas partes hacia donde estaban los botes con agua, sorprendiéndose de lo que vió detrás de los refigeradores.
Pocas veces tiene uno la suerte de ver a un camello salir de entre las latas de atún (y menos en una tienda de artículos de segunda en pleno centro de Ciudad Juárez).
-¿En cuánto vende el camello?- gritó desde el fondo Martín.
-Nueve mil, señor- contestó tranquilo desde el otro extremo el encargado de la tienda.
No lo pensó dos veces. Desembolsó la esperanza, los billetes; su liquidación para poder llevarse consigo al animal. Caminó apurado como si alguien le fuera a ganar el camello y puso el dinero sobre el mostrador. Tres personas que observaban la escena quedaron atónitos al ver la determinación del aquel extraño hombre.
-Se lo van a dar por la puerta de atrás- dijo feliz el comerciante mientras contaba el dinero.
El coeditor ya había olvidado su despido. “Todo sucede por algo”, repitió varias veces para amortiguar el dolor de su espíritu a la espera de que le entregaran el animal. Durante toda su vida había pensado en esas secuencias extraordinarias, predicciones o situaciones inexplicables por las que atravieza un individuo. Su padre, en una ocasión le platicó acerca de la existencia de un generador de destinos en donde se almacenaba el futuro de cada ser humano, el cual tenía la capacidad de administrar y cambiar el presente individual para no interferir  en el curso de la historia. (lo cual es una pachequés)
Cosa complicada, pero Martín Coronado lo había entendido desde la infancia.
-Aquí tiene, es muy obediente- el comerciante jalaba de una cuerda amarrada al hocico y al cuello del camello.
-Muchas gracias, ¿y qué come?-
-¿El o yo?- bromeó el dueño de la tienda (ambos sonrieron). –Está acostumbrado a comer poco. Le puede dar pasto-
-¿Verde o seco?- cuestionó Martín.
-Como sea, no se preocupe por cosas tan particulares- respondió el anciano. –Pues es todo suyo y mucha suerte, es un buen compañero- se despidió antes de meterse a atender a unos clientes que iban entrando por la puerta del frente.
El joven Coronado no alcanzó a decir ni gracias.
El camello tenía una montadura especial para dos personas. Después de acariciarlo subió en él. Jaló el lazo y el animal empezó su andar lento alucine hacia la 16 de septiembre.
Muchos quisieran haber precenciado aquella escena circense: un joven vestido de torero montando en un camello en medio de la gran urbe fronteriza. Las amas de casa que regresaban a sus hogares después de haber ido a la panadería, y los empleados de las maquilas que pasaban frente a él no lo podían creer.
La última vez que Oriana lo vió fue frente al aeropuerto. Llevaba el mismo traje de torero y su camello estaba muy flaco. Martín empujaba al animal, parecía ya no hacerle caso. No atinó Oriana hacia donde se dirigía, pero supuso que abandonaba Ciudad Juárez.
Desde esa ocasión nadie ha vuelto a ver a Martín ni a su camello. Cuentan algunos errantes urbanos que en las afueras de la ciudad hay una fiesta permanente que precide un cierto padre Orozco y a donde suelen acudir los amigos de Martín. Dicen que aquello es un manicomio.
Yo no sé.

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