miércoles, febrero 26, 2003

La enseñanza de una señora

Por Antonio Flores Schroeder

El otro día una mujer de edad avanzada se acercó a mi cuando estaba fumándome un cigarro afuera de mi casa.
-Buenas noches, joven- me dijo con una voz pastoza la señora de unos ochenta años.
-Buenas noches- respondí atento.
Se recargó en el cofre de mi carro y volteó a ver el cielo.
Sorprendido por el extraño actuar de la doña, arrojé el cigarrillo al piso para apagarlo con mi zapato izquierdo.
-¿Se le ofrece algo?- mi pregunta debió incomodarle (yo creo).
-¿Por qué me pregunta eso, me veo mal o qué?-
-De ninguna manera- contesté.
-Le molesta si me subo poquito a su auto-
-No, para nada, adelante-
Se montó en el cofre con la facilidad cualquiera de una niña de diez años. Recargó su espalda sobre el vidrio delantero y sacó unos miralejos para enfocarlos hacia el cielo.
-Quiere ver- me ofreció los binoculares.
-A ver, pásemelos- le dije.
No pude ver nada. Sólo estrellas y algunas nubes que paseaban los cielos de la antigua Paso del Norte.
-Lo que pasa es que usted no quiere ver nada, (me arrebató los miralejos) acabo de ver a Dios, de verdad, usted no quiere ver nada- reiteró.
La señora guardó los binoculares en su bolsillo y de un brinco saltó del carro a la banqueta.
-Se lo juro, se lo juro- decía en voz baja mientras se alejaba al cruzar la calle.
De pronto escuché a un carro que intentaba frenar sobre el asfalto caliente y pude ver volar a la señora por el fuerte impacto. Corrí hasta el cordón de la banqueta donde estaba sangrando por la boca y la nariz para ayudarla de inmediato.
-Se lo dije, usted no quiere ver nada- fue lo único que alcanzó a decirme antes de morir.


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