sábado, febrero 01, 2003

El viaje (o la decimotercera impresión de un recuerdo)


La noche sucedió algo extraña. Mientras releía recostado sobre mi cama “Autopista del Sur” de Julio Cortázar, escuché sonar el timbre de la puerta.
Dejé el libro en el buró de la derecha y enfilé hacia la entrada imaginándome quién podría ser a esa hora de la madrugada.
Al abrir ya no estaban las rejas, la calle ni el patio del frente. En su lugar una estación del tren y una señora con un rostro tan viejo como la ropa que colgaba de su pobreza. El tiempo bifurcaba las líneas de sus manos.
Sin hablar echó un vistazo al marco de la puerta y tocó con las puntas de los dedos las dos bisagras que brillaban sobre la madera derruida.
Hizo una mueca para cubrirse del sol (de la noche) y me dijo que cerrara el portal con una voz de niña.
No la cerré por su orden sino por el pavor de encontrarme en circunstancias tan fantásticas.
Abrí otra vez. El mundo de siempre: el patio, las rejas, la calle. Volví a intertarlo cinco o siete veces y nada, aunque ahora puedo decir que aquel paraje era el centro de Medellín, el borde de una urbe de Bolivia o la somnolienta calle Francisco Villa de Ciudad Juárez.

Por Antonio Flores Schroeder

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