martes, enero 28, 2003


El Labrador


José Barrientos se levantó temprano para curarse la cruda. Esperó en el sillón que tenía afuera de su casa a que dieran las once de la mañana para que abrieran las cantinas del pueblo. El calor le provocaba escalofrios y visiones pasajeras contaminadas por el ruido de los autobuses que partían rumbo a Chihuahua. El paisaje era el de siempre: mujeres caminando junto a sus niños de regreso a los hogares cargando pesados baldes con agua.
Cuando por fin llegó la hora del bar, emprendió su acostumbrada caminata a lo largo de (supongamos) siete cuadras cerca de la carretera que parte en dos a Villa Ahumada, hasta llegar al tugurio para jugarse el sueldo como cada fin de semana en una partida de billar.
Le apuraban dos tragos de alcohol que tomó en casa, sacados de una esponja seca que era la botella de tequila que le había regalado un turista en la gasolinera la noche anterior.
La música, la obscuridad, -los focos sin neón-, se perdían en la arena contigua a los terrenos desiertos que daban a la carretera federal, mientras José se acercaba a El Labrador, una cantina de esa tierra en páramo.
Desde afuera se escuchaba como cada viernes la música de un guitarrista ranchero que ensayaba su repertorio para esa noche.
Empujó cuidadosamente con sus manos astilladas la puerta estilo viejo oeste, de esas a medio marco y con rendijas para que los niños se puedan acostumbrar a ver las piernas torneadas de las putas que mucho andan por ahí.
El olor a tabaco y perfume de mujer (el incendio del lugar) aguardaban asesinos la mirada de José.
Veinte personas parecían encuadrar una fotografía surrealista.
Al amparo de un enorme cactus de piedra situado al centro del lugar, justo a unos pasos de la mesa de pool, lo inimaginable: hombres y mujeres, todos, parados de manos.
José, el alegre y parrandero, se quedó sin palabras, sólo un ‘no me chingues’ pudo apenas salir sin fuerza de sus secos labios.
-¿Se le ocurre algo?- De pronto la voz esdrújula de una mesera surgió en los albores de la borrachera. Apenas pudo oirla. La música desafinada que salía del solitario guitarrista acompañado de un teclado electrónico, disminuían las frases que iniciaban su dispersión.
Barrientos giró a la derecha y pudo ver las piernas, tobillos y tacones de la mujer que sin mucho apuro sostenía su cuerpo esbelto sobre sus manos.
-¿Se le ocurre algo?- la mesera de nueva cuenta.
Apostado en la entrada del bar, el recién llegado podía ver todo lo habido dentro de los veinte metros cuadrados que medía el bar: la barra de triplay apoyada sobre tres tambos negros de doscientos litros que encerraban al servidor de sonrisas, el músico (que tocaba con los dedos de los pies las cuerdas detrás de una cortina blanca y delgadísima, casi invisible), la entrada al baño unisex, la mesa de billar y la salida de emergencia cerrada con candado.
José tenía veinte años acudiendo regularmente a El Labrador. Jamás le tocó ver algo similar. Estaba sorprendido. Se llevaba vez tras vez su mano derecha a la frente para quitarse el sudor que le escurría desde el cuero cabelludo.
Lo que sucedía era visto por José con una mezcla de cautela y desesperación, mientras las horas pasaban. Ellos platicaban, mientras él se hundía en el suelo de cemento y arena todavía caliente por el calorón a cuarenta grados desde medio día.
Después de la sexta cerveza se quitó los lentes y los guardó en la bolsa de su camisa.
-¿Se le ocurre algo?- la voz de la mujer rebotaba sin cesar las cuatro paredes de la cantina. Era un eco, un delirio; la agonía que por momentos sucumbía al éxtasis en re menor que tocaba el guitarrista.
José evadía las preguntas de la mesera. Disminuido en sí mismo daba vuelta a los parajes más remotos que escondía en su ser: el deseo de matar a alguien, la infidelidad que le perseguía desde años, el grito de guerra que profirió a su sirvienta mientras se pasaba en copas, antes de intentar violarla.
Caminó hasta la barra y se sentó en una silla. Intentó pedir un trago que le arreglara la situación pero todo era en vano. El cantinero se ocupaba en tratar de mantener el equilibrio mientras reía y preguntaba: -¿Se le ocurre algo?-
-¡Déjeme de preguntar pendejadas y sírvame una cerveza por favor!- gritó el carpintero Barrientos visiblemente molesto.
Como pudo, el cantinero se acercó para replantear la pregunta. Una y otra vez el interrogatorio somnífero y lento contra José hizo que cayera de golpe su cabeza contra la tabla que hacía las veces de la barra. Quedó profundamente dormido mientras el guitarrista seguía tocando una música que combinaba lo ranchero con el rock; las cumbias y el jazz.
Al amanecer el carpintero despertó con un fuerte dolor de cabeza y envuelto en un olor a limón podrido que lo había acompañado durante toda la noche. Tembloroso, buscó un cigarro en su bolsillo y sólo encontró sus lentes y una servilleta marcada con la cuestión que le habían hecho horas atrás: “¿Se le ocurre algo?” rezaba lo escrito con lapiz labial.
Volteó a su alrededor y no había nadie, sólo una señorita que barría presurosa los restos de la fiesta.
-¿Y los que estaban parados de manos anoche?- preguntó sorprendido el carpintero.
La dama le miró viendo con ojos de lástima y vergüenza ajena. Hizo una mueca con la cara y un movimiento con los hombros para expresar que nada sabía sobre lo ocurrido ahí.
-¿Y el dueño? Yo conozco al dueño, al señor... ¿cómo se llama?... ah, sí... a don Ricardo, ¿dónde está?- cuestionó José.
La mujer señaló con la mano izquierda (mientras detenía la escoba con la mano derecha) hacia la puerta de salida para indicar que el propietario del bar estaba afuera.
Barrientos enfiló hacia la puerta y gritó:
-¡Don Ricardo!-
Nadie contestó. Salió al terreno del frente, para buscarlo pero no lo pudo encontrar. De pronto la mujer que barría la cantina empujó las puertillas del bar sin mirar al desconcertado José que se mecía incrédulo el cabello. Pasó frente a él con rumbo a la carretera cargando bajo su brazo derecho una piña.
-¡Oiga¡ ¿y don Ricardo?- gritó José. No recibió respuesta alguna de la mujer, entonces, emprendió su acostumbrada caminata matutina al tiempo que intentaba pensar cómo darle solución a tan complicada pregunta.


Antonio Flores Schroeder

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