martes, enero 28, 2003



El delirio

Antonio Flores Schroeder

Oriana aparecía los viernes por la noche cuando estaba a punto de cerrar el cortinero de la ventana que da hacia la 16 de septiembre, al comenzar la ciudad su metarmofosis entre luces intermitentes antes de disgregarse entre la arena y el barro de la noche.
Parecía venir desde algún lejano lugar después de oír su respiración acelerada subir por las escaleras del edificio hasta el quinto piso donde vivo.
Perdió la costumbre de caminar y comprar cerveza, arrancar las flores de cualquier patio frente a la banqueta donde solíamos escribir pequeños poemas o relatos increíbles, y leer el periódico “Le Monde” para impresionar a la gente y no entender más de dos palabras. Eran días en que carecíamos de preocupaciones: trabajar, levantarse temprano, cumplir, pagar (sexo o alcohol) a las (digamos) once de la noche.
Cuando cerraba el cortinero era porque mi paranoia se incrementaba con la obscuridad y entonces tocaban a la puerta. Yo guardaba la esperanza en mi cartera de que podía ser el billetero de la lotería que vendía ilusiones a una cuadra junto a los puestos de revistas en el Mercado Juárez, y que venía a avisarme de mi buena suerte y algo más.
-¿Quién?-Preguntaba desde la ventana y con el cortinero cerrado.
-No sé-Respondía Oriana.
Entonces yo caminaba hacia la puerta para ver qué buena nueva traía entre sus labios.
-¡Hola!- (yo esperaba que viniera fumando con esa sonrisa como ritual a la entrada de cada casa).
-¡Pásale!- (siempre le digo lo mismo. Como de costumbre esperaba que me ofreciera un cigarro, pero esta vez no lo hizo).
-¿Tienes una copa de vino?- Oriana llegaba como en un sueño que suele provocar un fuerte peso en la boca del estómago, como un andar de cabellos que golpeaba por debajo de mi piel.
Primero nos sentábamos a platicar y entonces empezábamos la función. Una, dos, tres, cinco, diez, quién sabe cuántas copas de vino. El mundo y sus imágenes en una gota de calor sobre el cristal de nuestros ojos. Guerras y amores clandestinos; su piel, rectángulo que se dislocaba ecuánime sobre la alfombra...
Doce aeme: Oriana y yo no supimos si entonar el himno nacional o asomarnos desde la ventana y gritarle a la gente que el mundo cosmopolita nos repugnaba, y que extrañabamos aquella ciudad plagada de horas en blanco y negro y museos donde vimos varias veces “El perro andaluz”.
Aquellas tardes de sueños fueron enterradas por el clima extremosos en este rincón del país, en esta franja donde las balas emigran transfugas transfronteras. Al final, no hacíamos ninguna de las dos cosas, preferíamos escuchar a Beethoven o Mozart, o simplemente escondernos bajo las sábanas y jugar a que éramos niños desnudos. Adan y Eva.
Cuatro aeme: Todo lo que pasa afuera es irrelevante; el ruido de la ciudad y su masa de contradicciones y sueños del sur interrumpidos, mujeres extraviadas en este enorme laberinto. Jugamos con un cigarro a hacer figuras de sombras sobre la pared mientras nos íbamos quedando dormidos.
Seis aeme: Las nubes se quiebran como rompecabezas, se suicidan después del vaivén de emociones. Llueve. Mi padre corre bajo el aguacero detrás de mi, pensando que me detendrá cuando viene un camión a unos cuantos metros y a punto de atropellarme...
Diez aeme: Despierto.
La cocina y todo el depa está envuelto en aromas de cigarro y sexo y sueño, y entonces la música y la ceniza (su olor) se vuelven ropa o recuerdo, taquicardia.
Encima de un brassier una cajita roja destruida por las pisadas de un fantasma encolerizado, es una cajetilla de Marlboro, los cigarrillos están partidos por la mitad, qué desgracia. Oriana vuelve aparecer quién sabe de dónde (ha de haber estado escondida en el horno o el closet)
-¿Tienes un cigarro?-Mi voz entrecortada por los restos de una prolongación de alcohol en mi cuerpo.
-No- El “no” de Oriana es raquítico, pero cortante.
-Tu casa parece un jolgorio, cuánta perdición, ¿no te da vergüenza?- dijo ella.
-No-
-Ah, des-ver-gon-za-do-.
-Tu me ayudaste a hacer de esta casa lo que ahora es, y vienes a decirme que soy culpable, nunca has sido para ayudarme a recoger historias que hemos dispersado entre tantas noches- lanzé mis dardos. Palabras.
-Eso que dices es una mentira- Oriana voltea a ver su rostro pálido en el espejo del pasillo. Se acercá a el como si fuera a besarlo. Sonríe, voltea a verme, mirada diábolica, saca un cigarro de su camisa sucia de amaneceres. Yo juego a extingur los cerillos que aún quedan en la cajetilla.
-Te pedí un cigarro hace unos instantes-.
Ella sólo sonríe mientras se sigue viendo en el espejo; juega a hacer imágenes con el humo al mismo tiempo que vuelvo a entrar a la primera etapa del sueño.
Cuando despierto Oriana ya no está, pero queda algo de ella: su aroma en la mezcla de ceniza, delirio, vino. Estado alterado de conciencia con ciencia con aterradoras formas de ver la vida.
Horas más tarde, las luces intermitentes vuelven aparecer disgregándose entre la arena y el barro, el ruido de la ciudad nocturna desaparece sobre el asfalto del desierto mientras estoy a punto de cerrar el cortinero que da hacia la 16 de septiembre, entonces alguien toca la puerta; guardo la esperanza en mi cartera de que pueda ser el billetero de la lotería.
-¿Quién?- pregunto antes de abrir la puerta.


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